Como una materia que hace referencia al lenguaje natal de México le daremos tributo a uno de los mejores expresionistas del mismo lenguaje
Octavio Irineo Paz Lozano
(Ciudad de México, 31 de marzo de 1914–Ib., 19 de abrilde 1998) fue un poeta, ensayista y diplomático mexicano. Obtuvo el premio Nobel de literatura en 1990 y el premio Cervantes en 1981. Se le considera uno de los más influyentes escritores del siglo XX y uno de los grandes poetas hispanos de todos los tiempos.
Unas pocas de sus obras son
- 1933 – Luna silvestre
- 1936 – ¡No pasarán!
- 1937 – Raíz del hombre
- 1937 – Bajo tu clara sombra y otros poemas sobre España
- 1941 – Entre la piedra y la flor
- 1942 – A la orilla del mundo y Primer día, Bajo tu clara sombra, Raíz del hombre, Noche de resurrecciones
- 1949 – Libertad bajo palabra
- 1951 – ¿Águila o sol? (en prosa)
- 1954 – Semillas para un himno
- 1956 – La hija de Rappaccini (poema dramático)
- 1957 – Piedra de sol
- 1958 – La estación violenta
- 1960 – Libertad bajo palabra. Obra poética (1935-1957)
- 1962 – Salamandra (1958-1961)
- 1965 – Viento entero
- 1967 – Blanco, escrito en tres columnas; permite diferentes lecturas
- 1968 – Discos visuales, con Vicente Rojo
- 1969 – Ladera este (1962-1968)
- 1971 – Topoemas
- 1972 – Renga, con Jacques Roubaud, Edoardo Sanguineti y Charles Tomlinson
- 1974 – El mono gramático (en prosa)
- 1975 – Pasado en claro
- 1976 – Vuelta (hay una primera edición artesanal de 1971)
- 1979 – Air Born/Hijos del aire, con Charles Tomlinson
- 1979 – Poemas (1935-1975)
- 1987 – Árbol adentro
- 1990 – Obra poética (1935-1988)
- 1990 – Figuras y figuraciones, con Marie José Paz
La mejor obra de Octavio paz es laberinto de la seledad
CONTRAPORTADA
Desde 1950, año de su primera edición, El laberinto de la soledad es sin duda una obra magistral
del ensayo en lengua española y un texto ineludible para comprender la esencia de la individualidad
mexicana. Octavio Paz (1914-1998) analiza con singular penetración expresiones, actitudes y
preferencias distintivas para llegar al fondo anímico en el que se han originado: en todas sus
dimensiones, en su pasado y en su presente, el mexicano se revela como un ser cargado de
tradición. Las «secretas raíces» descubren ligaduras que atan al hombre con su cultura, adiestran sus
reacciones y sustentan la armazón definitiva de la espiritualidad mexicana. Octavio Paz no podía ser
indiferente a las dramáticas consecuencias de 1968 en la historia de su país. Volvió sin vacilaciones
a analizar las heridas abiertas y afirmó su creencia en una profunda reforma democrática en las
páginas de Postdata (1969), secuencia obligada de El laberinto de la soledad Esta edición incluye
además las precisiones de Paz a Claude Fell en Vuelta a El Laberinto de la soledad(1975), una
nueva muestra del aliento crítico del poeta. Medio siglo después, la voz del Premio Nobel ha
ganado una audiencia universal y mexicana, clásica y contemporánea; y la obra cuyo punto de
partida es El laberinto de la soledad queda definitivamente grabada en la conciencia intelectual de
México y en la historia del pensamiento universal.
I
EL PACHUGO Y OTROS EXTREMOS
A TODOS, en algún momento, se nos ha revelado nuestra existencia como algo particular,
intransferible y precioso. Casi siempre esta revelación se sitúa en la adolescencia. El
descubrimiento de nosotros mismos se manifiesta como un sabernos solos; entre el mundo y
nosotros se abre una impalpable, transparente muralla: la de nuestra conciencia. Es cierto que
apenas nacemos nos sentimos solos; pero niños y adultos pueden trascender su soledad y olvidarse
de sí mismos a través de juego o trabajo. En cambio, el adolescente, vacilante entre la infancia y la
juventud, queda suspenso un instante ante la infinita riqueza del mundo. El adolescente se asombra
de ser. Y al pasmo sucede la reflexión: inclinado sobre el río de su conciencia se pregunta si ese
rostro que aflora lentamente del fondo, deformado por el agua, es el suyo. La singularidad de ser —
pura sensación en el niño— se transforma en problema y pregunta, en conciencia interrogante.
A los pueblos en trance de crecimiento les ocurre algo parecido. Su ser se manifiesta como
interrogación: ¿qué somos y cómo realizaremos eso que somos? Muchas veces las respuestas que
damos a estas preguntas son desmentidas por la historia, acaso porque eso que llaman el «genio de
los pueblos» sólo es un complejo de reacciones ante un estímulo dado; frente a circunstancias diver-
sas, las respuestas pueden variar y con ellas el carácter nacional, que se pretendía inmutable. A
pesar de la naturaleza casi siempre ilusoria de los ensayos de psicología nacional, me parece
reveladora la insistencia con que en ciertos períodos los pueblos se vuelven sobre sí mismos y se
interrogan. Despertar a la historia significa adquirir conciencia de nuestra singularidad, momento de
reposo reflexivo antes de entregarnos al hacer. «Cuando soñamos que soñamos está próximo el
despertar», dice Novalis. No importa, pues, que las respuestas que demos a nuestras preguntas sean
luego corregidas por el tiempo; también el adolescente ignora las futuras transformaciones de ese
rostro que ve en el agua: indescifrable a primera vista, como una piedra sagrada cubierta de incisio-
nes y signos, la máscara del viejo es la historia de unas facciones amorfas, que un día emergieron
confusas, extraídas en vilo por una mirada absorta. Por virtud de esa mirada las facciones se
hicieron rostro y, más tarde, máscara, significación, historia.
La preocupación por el sentido de las singularidades de mi país, que comparto con muchos, me
parecía hace tiempo superflua y peligrosa. En lugar de interrogarnos a nosotros mismos, ¿no sería
mejor crear, obrar sobre una realidad que no se entrega al que la contempla, sino al que es capaz de
sumergirse en ella? Lo que nos puede distinguir del resto de los pueblos no es la siempre dudosa
originalidad de nuestro carácter —fruto, quizá, de las circunstancias siempre cambiantes—, sino la
de nuestras creaciones. Pensaba que una obra de arte o una acción concreta definen más al
mexicano —no solamente en tanto que lo expresan, sino en cuanto, al expresarlo, lo recrean— que
la más penetrante de las descripciones. Mi pregunta, como las de los otros, se me aparecía así como
un pretexto de mi miedo a enfrentarme con la realidad; y todas las especulaciones sobre el
pretendido carácter de los mexicanos, hábiles subterfugios de nuestra impotencia creadora. Creía,
como Samuel Ramos, que el sentimiento de inferioridad influye en nuestra predilección por el
análisis y que la escasez de nuestras creaciones se explica no tanto por un crecimiento de las fa-
cultades críticas a expensas de las creadoras, como por una instintiva desconfianza acerca de
nuestras capacidades.
| Octavio Paz | ||
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Octavio Paz en 1988
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| Información personal | ||
| Nombre de nacimiento | Octavio Irineo Paz Lozano | |
| Nacimiento | 31 de marzo de 1914 |
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| Fallecimiento | 19 de abril de 1998 (84 años) |
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| Causa de la muerte | Cáncer |
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| Nacionalidad | Mexicana | |
| Religión | Iglesia católica
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